lopossible

Un Corredor de Mandarinas y Naranjas

In Tiempo on abril 12, 2009 at 2:36 am

Caminaba en la noche con su llovizna inexistente, como si eso lo hiciera más fuerte, como si caminar fuera gran cosa. No, apenas es un dejo que queda de lo que hubo de occidente. En esa zona el barrilete se vuelve mágico por efecto de sus defensores, más que por el viento.

No es una función perdida de quienes sostienen el cosito girando, a lo sumo podrá ser parte del circo, hasta protagonista. Ese momento del aplauso, como les gusta a todos. Tanto les gusta el aplauso que se olvidaron para qué estaban ahí. Corrieron los años como loco, llevándose cada pequeña porción de naturalidad. Es una de las cosas primeras en irse, queda el resabio de lo que fue. Queda una espuma en el borde del vaso. La mano se extiende a lo largo del cuerpo de la mujer más hermosa que vimos. Ella, se recuesta y estudia como avanzan los movimientos. Luego cierra los ojos y se entrega. Su perfume suave se vuelve centro de la acción del respiro. A mi, denme el rastro de mujeres asi, de todas ellas yo seguiré a una, le llevaré agua fresca del río olvidado, le llevaré flores que ella ni sabe de su existencia, le acercaré paisajes por el rabillo. Todo eso y más, mientras los mundos se sacuden de encima una serie de recuerdos hilvanados con hilo que no resiste. Hay adrenalina, si, el beso justo cuando corre el telón, la sorpresa.

Es de noche, mis ojos ya no leen el texto histórico, mis ojos corren en el sentido de las letras que marcan una linea sobre el blanco virtual. Ayer nomás los mundos colisionaron otra vez. Todo el tiempo. La zona donde reverdecen los cítricos en nubes de azahares en un lugar prohibido. Allí van. Cerca están los Pomelos y las plantas de Limón, un tramo de monte donde un corredor de Mandarinas y Naranjas lleva el aroma a su máximo despliegue. En ese lugar el hombre que caminaba se detuvo. Extendió su brazo derecho y acarició las florecillas blancas teñidas de polvillo de la cáscara de los gigantes. Esas hojas con sus motas de piel herida hacen la natura cada jornada, ya casi no quedan restos de la hoja sana donde apenas se detiene la lluvia. La piel moteada de costras detiene el vuelo dulce de la abeja. La hace parte de la fiesta. Le aconseja quedate otro poquito. Abrazame.

El hombre que camina cruza del lado de la luz, donde todo es luz menos aquello que se aferra a los tiempos del estado sombrío. Se recarga de risas mientras alza hacia el cielo la masa de un pan que se vuelve ligero, de harina espesa, de blanca luna, de viento. Cuando al fin el recorrido de las taca-tacas se hace extremadamente visible, cuando eso sucede, entonces la mano ha llegado al otro extremo de la mujer más linda que vieras en aquel territorio. Ella se estremece, se extiende sobre el pasto, apoya la cabeza en la manta y sueña que está con él. Sueña tan fuerte que las hormigas se silencian para escuchar lo que cuenta el sueño. Ella tiene los ojos cerrados y en la comisura una sonrisa, ella, lo está recordando, gira y mira el cielo, una luz que se distrae en nubes lo pone todo en gran punto de ilumine, ella se cubre los ojos con el anverso de la zona de los codos, pero, la comisura sigue irradiada. Ella sabe que va.

Ahora la noche ya no está tan firme, ni tan firme su costumbre de regirse por lo mágico, por el ruido que deja el ruido. Cuando volvió a mirar por entre los dedos ya estaban cerca otra vez. Muy cerca los ojos, la mirada. “Abrazáme” -se escuchó- y una doble andanada de mimos cayó sobre la ciudad.

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