Me descanso en una flor. Se denomina Gespalda. Tiene la forma del campo. ¿Pero cómo? ¿Cómo lo logra? Podría dibujarte el esquema de esos lunares. Podría decirte el número de ellos, los más visibles, que forman el mapa que divide la Gespalda en un territorio dulce, el tuyo. Mis dedos recorren los surcos estando. No es un andar mecánico ni de serie. Es un tránsito que lleva luz.
Te acordás cuando solté aquellos besos en los acantilados de tus hombros y rodaron cuesta abajo deteniéndose en los recodos de tu Gespalda colisionando con caricias y roces de mano, con leves contracciones espaldares, intensas zonas erizadas en movimientos ascendentes desde los bordes donde mis avanzares se encuentran con las curvas calientes de tus senos que emergen y muestran breves un hemisferio que me gusta.
Te acordás? Bueno, me descanso en esa flor. Gespalda, es un mundo y un concepto que regresará.
Gespalda regresa como una tarde ventosa en que los indicios de lluvia se acercan al horizonte, el río se encrespa en su superficie y los juncos totorales se ponen en danza unísona, rítmica, de vaivén. Ahora, qué se hace con eso? Se pone en la gran obra? Existe la gran obra? O son pequeños respiros que se van juntando, amalgamando, siendo.
[...esto sigue luego...]