Un martes nos gustamos, mucho. Pusimos colores en una porción de universo que asemejó bastante a una paella, a un arroz de campo, a un almuerzo al inicio de nosotros. Unas estrellas en ese cosmos parecían pequeños puntos del primer azafrán. Hubo aromas de vino grácil, nueva rosa, chocolate en rama. El espacio entre nuestros ropajes se fue reduciendo a brizna, grosor de papelito, resoplo, chasquido. Nos tuvimos, con abrazo de pullover, con destellos de noche de verano en siesta de invierno. Cuánta belleza paulatina allí, a los orillos de la caricia que no cesa mientras nuestras manos siguen buscándose.
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