A veces aquí el aire de la letra y la palabra toma características de diario. El registro. La memoración.
Al girar en la cama buscaba abrazarte una y otra vez y mis brazos instintivamente tomaban tu pecho, tus hombros, presionando tu respirar en ese margen donde se busca oxígeno con gripe en danza. Eso sucedió un par de veces. Entonces me acurruqué ahí, cerca. Ya no te abrazaría. Era prioritario que duermas relajada, que descanses bien. Que dejes de toser, o que al menos se dilate su acción. Mi mano apenas rozaba tu espalda, suave, breve.
Al despertar te dije. -Anoche no te abracé para que puedas descansar, pero me costó no abrazarte. Y en verdad fue asi. Pero aun en el no abrazo estuvo el abrazo, uno para el cual no existe grilla, ni tipificación que alcance. Vos no escuchaste. La hora de partir es un momento sin registro, en esa zona nada se graba porque pudiera ser que las palabras se vuelvan hermosas como la noche y espesas como un cemento chirle.