Aun gira en mi el giro tuyo frente a mi. Un girar repentino con mis brazos impulsándote en el giro y rodeándote en el giro hasta detenerte. Sentir tu lana en mi mentón en medio del invierno. Pequeño instante, feliz. Y un nuevo girar hasta sentir tus labios suaves al tenerte ahora frente a mi, dejar que mis manos bajen hasta tu cintura, apretujarte.
Dejar que el frío se muestre y que un calor le gane.
Aun gira en mi ese otro instante en que bajabas por las escaleras, el rumbo era hacia el almuerzo. Recordaste los libros sin firma. Ese fue el instante. Vieras tu giro, otra vez, fue el girar de esa fuerza que te lleva y en un solo y rápido trote te abalanzaste sobre las escaleras. ¿Acaso no venías cansina? Tu andar era de descanso. ¿Cómo, de dónde nace ese soplo de viento que hace que te actives hasta el extremo del mundo y liberes la carrera? Es un instante donde algo en vos conecta con las pequeñas cosas del universo que te hacen feliz. Eso puedo verlo.
Ahora le cuento al navegante desconocido que llega aquí sin más que el des-rumbo. Y digo.
Ese trote lo hizo la naturaleza montaráz de una mujer feliz. Segundos después apareció tras el perfil del recodo, bajó esos escalones con los libros en la mano. Uno rojo y negro, otro verde y negro. Cuando sonríe en esos momentos sus ojos se cierran levemente. A mi me surge de respirar profundo al verla así. A mi me pone lindo, verla así, cuando sus ojos se achican levemente y brillan más que eso que para vos brilla mucho.